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Los Maestros también lloran

Por: Alejandro Lorenzo Viñuales Guillén

Este pequeño pasaje, fué posteado por el autor y reconozco que me pareción tan bueno, que lo he incluido aquí sin la previa autorización del mismo. Espero que no se moleste.

Hola, de Alejandro:

Antes de empezar con mi relato debo aclarar que según el diccionario de la RAE "maestro" es aquella persona que tiene el título de profesor de primera enseñanza, o sea yo.

Desde luego nada más lejos de mi intención que pretender que este nombre se me aplique en su otra acepción de experto en cualquier tema, como leereis en las siguientes líneas, solo soy un pobre pardillo, y espero que aquellos que piensan que los que nos dedicamos a esto de la pesca con mosca desde hace diez o más años estamos por encima de los avatares adversos, que suelen creerse exclusiva de novatos, cambien de opinion.

Todos somos humanos, pero unos más que otros. En mi anterior mensaje afirmé, ingenuo de mi, que el día se presentaba perfecto para la pesca. La realidad me ha mostrado que no debe venderse la piel del cocodrilo antes de cazarlo.

Para empezar: al llegar al río y abrir el maletero constato que los vadeadores no están (últimamente tengo gafe con los vadeadores), luego me he enterado de que mi santa esposa los había sacado ¡para lavarlos!. También observo que el viento, que en mi pueblo brillaba por su ausencia, era a orillas del Narcea un primo cercano del Hortensia, o algún otro huracán de parecidos brios.

Y yo con la caña de bambu y la línea del # 2 en el carrete. Como no soy hombre que se rinda con facilidad me quito los Levi´s (si los ensucio mi mujer me mata) y me quedo con los pantalones de la suerte: unas antiguas mallas de mi esposa decoradas con un diseño de "cachemire" en colores vivos del más bello efecto, aunque conozco algunos que no opinan lo mismo.

Se supone que estos pantalones son para llevar debajo de los vadeadores, donde no se ven, pero la necesidad obliga. Me pongo tambien las botas de goma color butano de media caña (uno vive en Asturias y debe ir preparado para el agua, aunque ya ni recuerdo que es eso de la lluvia) y ataviado de tal guisa me lanzo alegremente a recorrer las orillas, enganchando la mosca, que el viento llevaba donde bien le parecía, ora a un sauce, ora a un aliso, ora al ala de mi sombrero, ora a la chaqueta de un anciano que me miraba desde la carretera, supongo que pensando, y no le faltaba razón, que estaba como una cabra.

Con la mejor de mis sonrisas iba desenganchando la mosca de todos sus asideros (por suerte, aplasto la muerte de mis anzuelos y pude soltarla de la chaqueta de aquel paisano sin hacerle un estropicio) y caminando por la orilla del Narcea, para ver como las truchas se cebaban exclusivamente fuera de mi alcance. ¡Si llevara los vadeadores os ibais a enterar!, decía para mi, pero ellas ni caso.

A todo esto me iba animando un poco en exceso, olvido que las botas no son demasiado altas, y en un descuido me meto en el agua hasta las rodillas. Maldigo un poco en gallego (idioma que chapurreo ligeramente) y procedo a sacar el agua de las botas y a escurrir los calcetines.

Con más moral que el Alcoyano Club de Futbol (que por si alguien no lo sabe en cierta ocasión perdía por seis goles a cero a falta de cinco minutos y sus jugadores se animaban gritándose mutuamente: ¡venga, ánimo, que todavía podemos empatar!) me vuelvo a calzar y continuo intentándolo.

En un mal paso me escurro en una piedra mojada (mientras voy por el aire recuerdo que estas botas no tienen la suela de fieltro) y, por evitar un golpe a la caña, caigo con la mano por delante. Un agudo dolor me recuerda que no soy Superman.

Por suerte es la mano izquierda, pienso mientras me sacudo el polvo y meto la mano en el agua para calmar el dolor, puedo seguir pescando. En el siguiente chorrito, una trucha tamaño estándar tiene la deferencia de entrar a mi mosca. Mientras la libero le doy efusivamente las gracias por haberme librado ella a mi de la ignominia del bolo y beso su húmeda frente con lágrimas en los ojos.

Miro como se aleja y entonces me percato de que el anciano, a una distancia prudencial, me oberva atentamente, como quien ve hacer algo a un loco, algo que luego podrá contar en el chigre (tasca en asturiano) y repetir a sus nietos. Decido no hacer ni caso y un par de metros más arriba me sube otra trucha hermana de la anterior (o tal vez era la misma, que anhelaba volver a sentir mis besos). Para que el anciano tuviera mas cosas de que hablar, esta vez la libero con dos besos, que procuro que sean sonoros.

Qué bien, pienso, parece que la cosa se anima, y nada más pensarlo el suelo cede bajo mis pies y caigo al agua tan largo como soy, que no es mucho. Chorreando decido que el destino quiere que me vuelva a casa, y así lo hago.

Al pasar junto al anciano camino del coche no puedo evitarlo y le digo: "es que hacia calor". El buen hombre no dice nada, pero cuando me alejo le oigo murmurar "¡lo que hacen las drogas!".

Mientras en el coche me cambio de ropa miro el reloj del salpicadero, es asombroso: sólo ha pasado una hora desde que comence a pescar.

Dias así son los que uno necesita para que la cara se le llene de arrugas. Eso es todo. Ya se que con este relato la imagen idealizada que algunos de vosotros tenéis de mí, saltará en mil pedazos, que le vamos a hacer.

Aún quedará más deteriorada si leeis la revista Trofeo de este mes y mirais la foto del pescador que esta devolviendo una truchita tamaño minúsculo en la página nueve, resulta que soy yo, aunque por suerte no se me ve bien la cara.

En mi defensa debo decir que eso de que un tio te diga: "¿oye, te importaría sacar una trucha para hacerte una foto para la revista Trofeo?", no es precisamente lo más adecuado para pescar una trucha de tres kilos.

Si no volveis a dirigirme la palabra (el E-Mail en este caso) lo entenderé perfectamente.

Un saludo.

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